Fuente: El Correo Digital (Vizcaya) | Abril 06, 2007 Recomendar esta nota Recomendar

La carrera hacia el cielo

El País Vasco se suma con la torre Iberdrola al 'boom' mundial de los rascacielos, tendencia en la que convergen el deseo de simbolizar el poder y el ahorro energético.

Si hace treinta años se les miraba como enjambres dispuestos para albergar a personas en un régimen semicarcelario, ahora se han puesto de moda y se juega a ver quién lo tiene más alto. Los rascacielos vuelven, los arquitectos estrella, antes reacios a los bloques, los adoran y, cómo no, Bilbao tenía que tener el suyo, esta vez con el nombre de Iberdrola.

Exhibición de poder, desafío técnico y consideraciones ecológicas -o de sostenibilidad, para decirlo con el lenguaje al uso- devuelven a las torres al primer plano, una vez superada la etapa de recelos. De Kuala Lumpur, con las Petronas de César Pelli, hasta Nueva York y Los Ángeles, donde Frank Gehry planea distintos bloques elevados hacia las alturas, el mundo asiste a un 'boom' del rascacielos' que, paradójicamente, se ha acelerado tras los ataques terroristas a las Torres Gemelas.

LA NECESIDAD VERDE

Que la Tierra respire

«Hemos pecado, hemos derrochado», confiesa César Caicoya, jefe del proyecto del edificio de Abandoibarra y arquitecto de la empresa Idom a las órdenes de César Pelli, diseñador de la torre. Con esta asunción de la culpa colectiva, Caicoya quiere explicar la vuelta a los rascacielos. «Hemos dejado una herencia lamentable a nuestros nietos, hemos quemado recursos y ha llegado el momento en que necesitamos parar. Hay que dejar que la Tierra respire en vez de asfaltarla entera», resalta Caicoya, que también fue la mano derecha de Gehry en la construcción del Guggenheim.

La época del adosado ha muerto por su ambición de colonizar demasiado terreno, y el último grito en cuestión de torres se llama 'rascacielos verde' o bioclimático, propuesto por el nuevo gurú de la arquitectura, Ken Yeang. El edificio del Bank of America, en el 1 Bryant Park de Manhattan, marcará un hito en la edificación ecológica gracias a sus métodos de ahorro de energía y a sus jardines interiores, una tendencia a la que ya se ha aproximado Norman Foster en la sede del Commerzbank de Fráncfort. Mirado desde fuera, a través del cristal, se ven dos pisos centrales con interiores ajardinados, para esparcimiento de los que trabajan en esas oficinas.

La torre Iberdrola contará con una doble fachada de vidrio transparente. El hueco entre los dos cristales funcionará como aislante del calor en verano, de modo que se pueda aprovechar al máximo la refrigeración, y en invierno como calentador del aire, que entrará hasta el interior para disminuir el consumo de calefacción. «Las torres en centros urbanos favorecen el transporte público y el ahorro de carburante. Además, se ha enriquecido el hormigón con escoria de hierro procedente de la industria local. Así hemos reciclado y hemos dado una mayor consistencia al material», añade Caicoya.

LA MARCA DEL PODEROSO

El error de Mohammed Atta

Pero, aparte de estas nobles consideraciones ecológicas, el rascacielos se ha distinguido a lo largo de su historia por ser un símbolo del poderoso. En un fascinante libro de Deyan Sudjic, que acaba de editarse en español con el título de 'La arquitectura del poder' (Ariel), el ex director de la revista 'Domus' hace que el lector se fije en la trayectoria de Mohammed Atta, uno de los cerebros del 11-S y el terrorista que estampó uno de los aviones contra las torres neoyorquinas. Atta se hizo arquitecto en la universidad de El Cairo y estudió un posgrado en Hamburgo sobre planificación. La idea de atacar las Torres Gemelas se le tuvo que ocurrir a él, sostiene Sudjic, pues su formación le permitió fijarse en ellas como símbolo de la arrogancia yankee.

En realidad, comenta el autor, no era para tanto. Los dos bloques se construyeron para reanimar esa zona baja de Manhattan, en mala racha tras el cese de la actividad portuaria, y entre sus inquilinos había muchos modestos funcionarios del estado de Nueva York, tantos o más que tiburones de las finanzas, ya que fue la Administración la que garantizó la viabilidad del proyecto. Atta, además de terrorista, debía de ser un pésimo estudiante.

El vínculo entre el poder y los rascacielos, en cualquier caso, se visualiza con claridad en Bilbao. El primero que se construyó, en los años setenta, pertenece al BBVA, y ahora el techo lo marcará Iberdrola. «Para la empresa que lo hace construir, es un símbolo de su notoriedad y da a sus usuarios una posición elevada, con unas vistas de altura. Para la ciudad, un rascacielos otorga personalidad a su silueta, marca un lugar, es un elemento de orientación y contribuye al orgullo ciudadano», comenta César Pelli a este periódico.

EL INVENTO DEL ASCENSOR

Bush contra Gore

Los gobernantes de Malasia le encargaron a Pelli las torres Petronas, sede de la compañía nacional de productos petrolíferos, para decir al mundo que Kuala Lumpur -la capital- existía y que además tenía dinero a chorros.

«Está claro que ni una ONG ni una empresa mediana pueden pagar una torre, que representa la pujanza de una sociedad. Hay torres donde no hay paro», incide el arquitecto Eugenio Aguinaga, autor del 'master plan' para la Campa de los Ingleses con Pelli y Diana Balmori. El profesional matiza que los rascacielos también se pueden construir por motivos especulativos, para revalorizar una zona, como actualmente se está haciendo con las cuatro torres de la antigua ciudad deportiva del Real Madrid.

Aguinaga puso en los planos el edificio convencido de que Abandoibarra necesita un punto de referencia. «No había peligro de que compitiera con el Guggenheim, porque es imposible hacer sombra a su arquitectura. Incluso se ha comido el puente de La Salve».

Los grandes edificios siempre han simbolizado el poder y la riqueza, primero en la época de las catedrales y luego con las chimeneas industriales, argumenta Javier Quintana, autor de 'Sueño y frustración' (Alianza), una historia de los proyectos de rascacielos en Europa entre 1900 y 1939. Las torres surgieron en Estados Unidos gracias a un invento sin el cual no existirían: el ascensor con seguro para evitar caídas bruscas, presentado por Elijah Graves Otis en 1853. El incendio de Chicago en 1871 popularizó estos edificios, debido al acelerado crecimiento que se produjo después, y a la consecuente escasez de suelo. Más tarde llegó el hito del Empire State, de 1931, con sus 57.000 toneladas de hierro, sus 6.400 ventanas y sus 67 ascensores.

«Hoy, en Estados Unidos, la del rascacielos es ya una cuestión política. Bush representa la extensión horizontal de las casas con ese pequeño jardín tan americano. Al Gore apuesta por la verticalidad, por la vida en concentración y por el ahorro en desplazamientos», explica Quintana.

Los sueños, por naturaleza, tienden a la elevación. Si se hunden, se convierten en pesadillas. Frank Lloyd Wright (autor del Guggenheim de Nueva York) soñó en los años cincuenta con un rascacielos de una milla de alto -1.600 metros, diez veces más que la Torre Iberdrola- y Norman Foster (diseñador del metro de Bilbao) volvió a soñar con lo mismo en los años ochenta. En una convención de arquitectos e ingenieros especializados en torres celebrada en Chicago el pasado octubre, el encargado de la apertura anunció que en 2030 se levantará el primer edificio de esa altura. Los más de 700 invitados ni se inmutaron. Después del 11-S, en vez de miedo, ha surgido la confianza. «La vida tiene que seguir. Si nos amedrentáramos, les haríamos un favor a los terroristas», concluye Aguinaga.

i.esteban@diario-elcorreo.com

Por IÑAKI ESTEBAN/BILBAO

Fuente: El Correo Digital (Vizcaya) - Vizcaya,Euskadi,Spain
Abril 2007