Arquitectura sostenible

Arquitectura Sostenible

Arquitectura sostenible

Una arquitectura sostenible, respetuosa con el entorno debe considerar cinco factores: el ecosistema sobre el que se asienta, los sistemas energéticos que fomenten el ahorro, los materiales de construcción, el reciclaje, la reutilización del residuo y la movilidad.

Una sociedad sostenible no es posible sin la complicidad de los arquitectos. No se trata de una cuestión baladí. Según el Worldwatch Institute de Washington, los edificios consumen el 60% de los materiales extraídos de la tierra y su utilización, junto a la actividad constructiva, está en el origen de la mitad de las emisiones de CO2 vertidas a la atmósfera.

Los estudios no dejan lugar a dudas: los residuos procedentes de la construcción están alcanzando grandes proporciones; a principios de esta década se calculó que en Europa existía una media de 1,6 kg por habitante y día. Además, algunos de los materiales utilizados contienen importantes cantidades de halones y CFC (los causantes directos de la destrucción de la capa de ozono), y el 30% de las construcciones nuevas o rehabilitadas, según el citado Worldwatch Institute, padecen el síndrome del edificio enfermo: provocan molestias y dolencias, a veces crónicas, en sus usuarios o sus moradores.
 
A principios de una década marcada por los problemas ambientales, y con unos datos que involucran decididamente su función, los arquitectos reconocieron oficialmente el principio de sostenibilidad en 1993, durante el congreso celebrado por la Unión Internacional de Arquitectos (UIA) en Chicago. Lo definieron como una pauta de progreso y adquirieron el compromiso de situarlo "social y ambientalmente como una parte esencial de nuestra práctica y de nuestras responsabilidades profesionales".

Para los arquitectos medioambientalistas, la declaración de Chicago se ha convertido en el único documento serio que los profesionales tienen sobre la cuestión. Lo malo, según Albert de Pablo, arquitecto y urbanista, "es que la declaración de Chicago casi no se lee".

Abanico de conceptos

De todas formas, cada vez resulta más usual la utilización de términos como arquitectura bioclimática, urbanismo sostenible, ecociudades, espacios permaculturales o bioconstrucción. Toda una retahíla de conceptos que, si bien en algunos casos pueden entenderse como sinónimos, definen un registro muy amplio de conceptos que abarcan desde la preocupación por la composición de los materiales hasta verdaderos proyectos alternativos de organización socioeconómica con evidentes implicaciones políticas y filosóficas.

Pero sí existe un consenso generalizado en que para aplicar los principios de la sostenibilidad en arquitectura deben considerarse cinco factores: el ecosistema, las energías, la tipología de los materiales, los residuos y la movilidad. De todos ellos, el que entraña mayores dificultades y, a la vez, resulta fundamental, según Tjeerd Delstra, director del Instituto Internacional para el Entorno Urbano de Delft, es la gestión del ecosistema, que se refiere a los usos del suelo y al urbanismo. También se trata del ámbito con más problemas, dadas sus mayores implicaciones socioeconómicas, y es el que está más enquistado. Para los arquitectos que trabajan en esta línea y defienden el modelo sostenible, lo básico es replantear el urbanismo desde un punto de vista ambientalista. Muchos de los cuellos de botella se hallan en los diseños urbanísticos que, según uno de los profesionales consultados, "demasiadas veces no cumplen ni con algunos de los aspectos generales de los que ya hablaba Vitrubio".

Tal replanteamiento tiene un principio básico: limitar al máximo la ocupación de nuevos suelos. Para lograrlo hay que apostar por la rehabilitación de edificios y zonas enteras.

Modelo mediterráneo

El modelo de ciudad mediterránea, en donde en los mismos espacios coexisten todas las actividades básicas para la vida diaria, formando unidades que se suman unas a otras y crean el conjunto de la ciudad, se impone sobre el arquetipo anglosajón en el que se apuesta por una total separación de las actividades (barrios exclusivamente dedicados a la actividad laboral, zonas residenciales, barrios lúdicos). Una propuesta extensiva de la ciudad mediterránea en la que se incorpore la actividad agrícola está en el punto de partida de los defensores de los espacios permaculturales.

Es en el terreno del ahorro energético y la aplicación de energías renovables donde más ha avanzado la arquitectura ambiental. Desde los años setenta, tras la crisis del petróleo, se trabaja en esta dirección y se ha llegado a dos conclusiones: reducir la arquitectura a la aplicación de criterios bioclimáticos no resuelve nada y, en positivo, que existe un número importante de experiencias que avalan la solidez de los sistemas energéticos pasivos como elementos generalizables para mejorar la sostenibilidad .
 
La sustitución de las fuentes tradicionales para la obtención de electricidad y la reducción del consumo procedente de fuentes no renovables (el petróleo, principalmente) encabezan una larga lista de medidas que hay que impulsar.
 
Más allá de las generalidades, uno de los grandes debates abiertos es el de los materiales. El marco de elección está establecido por medio del análisis del ciclo de vida de los productos. Con él se pretende determinar el impacto ambiental que estos ocasionan, desde la extracción de las materias primas necesarias y los recursos energéticos utilizados en los procesos de fabricación y transporte, hasta su uso final, además del tiempo de duración y las formas y dificultades de eliminación. Los derivados del petróleo y del aluminio se encuentran, habitualmente, entre los primeros que se desestiman. Pero esta afirmación también admite matices.
 
Los parámetros científicos aplicados para la medición de los materiales deben ser forzosamente variables ya que aún se desconocen los límites de la mayoría de elementos que se utilizan. El arquitecto Fructuós Mañà, del Institut de Tecnología de la Construcció de Catalunya, mantiene que estos parámetros deben tener en cuenta dos exigencias: el control del gasto energético y la minimización de los residuos. Al mismo tiempo defiende que "no podemos ser integristas en la cuestión del medio ambiente, y lo que debe hacerse es integrar la perspectiva ambiental en todas las profesiones".
 
El doctor Mañà se declara firme partidario de academizar todos los conocimientos teóricos que se han acumulado sobre protección ambiental, pero igualmente reclama prudencia y tiempo para obtener respuestas fiables. "En Cataluña -afirma- aún estamos en una fase en la que podemos producir un producto y no saber los gases que se desprenden".
 
En materia de medición de impactos ambientales debemos acostumbrarnos a que nada es absoluto. La ciencia avanza más lentamente que las necesidades. Como ejemplo, Fructuós Mañà cita "estudios serios de análisis de ciclo de vida que indican que el PVC es igual de malo, o igual de bueno, que los materiales que se han empezado a utilizar para sustituirlo".
 
La minimización de los residuos y el correcto reciclaje de los productos y los recursos naturales figuran, también, entre los principios elementales de cualquier planteamiento de arquitectura ambiental. Lo mejor es producir la cantidad mínima de residuos y buscar formas de reutilización para los existentes -aquí cobra especial importancia el ciclo del agua- a partir de su separación, a ser posible en origen.
 
El quinto gran caballo de batalla es el de la movilidad. La ciudad sostenible -en realidad, simplemente, la ciudad habitable- forzosamente debe enfrentarse a uno de los principales quebraderos de cabeza que, según todas las encuestas, sufren sus habitantes: la circulación rodada.
Según algunos especialistas en movilidad urbana, como el ingeniero Ole Thorson y el urbanista Fabio María Ciuffini, los problemas para lograr unas ciudades en las que el automóvil no sea el elemento predominante son más de enfoque y psicología que técnicos. Para ejemplificarlo, el ingeniero Ole Thorson lanza la pregunta siguiente: si los ciudadanos que se desplazan en coche nunca superan un tercio del total de habitantes, ¿por qué esta tercera parte domina las inversiones, el espacio y el tiempo que invierten los dirigentes? Para él la respuesta es que "hay algo que funciona mal desde el punto de vista social".
 
Buena parte de los postulados que defienden los ecoarquitectos han estado integrados históricamente en la profesión. En líneas generales, la arquitectura ha sido ambientalista y economicista hasta que, llevada por el concepto de progreso que se gestó con la revolución industrial, evolucionó hacia el consumismo, sobre todo a partir de la década de los cincuenta.
Veinte años más tarde, a consecuencia de la crisis del petróleo de 1973, los arquitectos vivieron un primer toque de atención. Cundió el pánico, empezó una época de recesión y los gobiernos empezaron a interesarse por el desarrollo de sistemas de ahorro energético y por las energías renovables.

Desde una perspectiva economicista, los estudios diseñaron edificios que permitían consumos más bajos, o utilizaban el sol, o el aire, para cubrir parcial o totalmente sus necesidades energéticas. También en esta época, tras veinticinco años de crecimiento acelerado, aparecieron los primeros indicios preocupantes de contaminación urbana y del colapso circulatorio de las grandes ciudades. La respuesta vino de la mano de los urbanistas de Berkeley (EE.UU.) con su reordenación de espacios públicos y la creación de parques y zonas verdes.
         
El desarrollo económico y técnico de los ochenta supuso un viraje caracterizado por una ocupación masiva de suelo, como nunca se había visto, y el predominio de la técnica y el diseño, en un intento de materializar el ideal de la globalización. Ninguno de estos dos conceptos se ajusta hoy a los criterios ambientalistas, aunque no por ello sean absolutamente denostados. Referirse al pasado L os profesionales aconsejan mirar hacia el pasado para hallar soluciones aplicables con técnicas de futuro, y abandonar la tendencia de la profesión a diseñar utopías sin tocarlas ni experimentarlas. Son dos premisas para aquellos que quieran adentrarse en el campo de la arquitectura ambiental. Albert de Pablo añade también una tercera: "Hay que leer a Ildefons Cerdà quien ya nos enseña que no se puede planificar sin un conocimiento y un estudio profundos de la realidad".
 
El creador del Eixample se cita como paradigma para anunciar la ley básica de la arquitectura ambiental: resolver cosas concretas con un planteamiento global. Con esta idea trabaja desde hace más de diez años Josep Bonfill, socio de uno de los estudios pioneros en bioarquitectura que existen en Cataluña. Bonfill cree que "la idea de construir ciudades urbanísticamente eficientes empieza a estar muy asumida desde el congreso de Chicago, pero los clientes realmente interesados escasean".

No todo el mundo tiene claro que, en general, los arquitectos estén por la labor. Profesionalmente, el desarrollo de una arquitectura sostenible, según Albert de Pablo, implicará cambios de paradigmas en la profesión y exigirá una redefinición del papel del arquitecto y de su relación con los usuarios de los edificios, obteniendo estos últimos una mayor participación en los proyectos. Todo esto sucede en un momento de cambios sociales que ya demandan del sector respuestas a todos los niveles.

La definición clásica de vivienda racionalista, por ejemplo, deberá incorporar parámetros que consideren nuevas realidades, como la duradera presencia en la casa paterna de hijos en una edad en la que necesitan independencia y, por tanto, espacios propios, o el aumento de profesionales que reclaman espacio en el hogar para su actividad laboral. Este empuje social, que procede de un campo que no es el estrictamente ecológico, puede ayudar, según argumentan los expertos, a extender los postulados defendidos por los partidarios de una arquitectura sostenible.
 
Fuente: La Vanguardia
Por Antoni Sella
Mayo 2002

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