Ecoetiquetas y Consumidores

¿Pueden los consumidores utilizar los sellos "verdes" para exigir a los industriales procesos y productos limpios?

Un amplio debate se registra hoy sobre el papel de las ecoetiquetas: ¿son meras herramientas de marketing o pueden constituir un instrumento ambiental para presionar por una industria más limpia?

Muchos fabricantes usan ahora los sellos "verdes" y tienden a presentar sus productos como poco o nada dañinos. Esto no sería reprobable si la información contenida en las ecoetiquetas fuera siempre verdadera o pudiera ser científicamente verificada. Si así fuera, los consumidores podrían elegir los productos menos dañinos para el medio ambiente. Y la demanda de tales artículos aumentaría a la par que su producción.

El problema es que muchas de las afirmaciones contenidas en etiquetas y envases son engañosas, no quieren decir nada o son francamente deshonestas, como demuestran estudios hechos en Inglaterra y Estados Unidos.

El escepticismo sobre la veracidad de estas etiquetas suele ser justificado. Hay productos que se venden como "reciclables" y, por lo tanto, amigables con el medio ambiente, siendo que existen sitios de recolección y reciclaje. Otros, por ejemplo, se promocionan con gran alarde como "libres de fosfatos", cuando ninguno de su categoría los puede tener.

Los consumidores ejercerán un verdadero poder en el mercado sólo si tienen la información suficiente para elegir los productos no sólo por su calidad y precio, sino porque se apegan a normas sociales y ecológicas.

Las ecoetiquetas pueden convertirse en una herramienta de los consumidores para ejercer su responsabilidad con el medio ambiente. Lo harán en la medida en que aumenten la conciencia ambiental de la población; proporcionen una información veraz, fiable y comprobable e impulsen a los fabricantes a priorizar el impacto ambiental de sus actividades.

La reglamentación a la publicidad, por lo general, no incluye la información contenida en las etiquetas de productos y envases. Urge, por lo tanto, cubrir este vacío, así como establecer penas en caso de violaciones.

La Organización Internacional de Normalización (Iso, por sus siglas en inglés) está elaborando guías sobre lo que es legítimo poner en las etiquetas. Por ejemplo, no se permitirían aseveraciones vagas o irrelevantes, tales como decir que un producto "no afecta al medio ambiente" o que una botella plástica es "biodegradable" siendo que pocos países pueden reciclarlas.

Además de la reglamentación, los sistemas independientes de ecoetiquetado incrementarían la confianza de los consumidores.

En éstos, una autoridad reconocida establece criterios para medir el impacto ambiental de cada producto y otorga un sello "verde" a los que se ajustan a ellos. Ya existen algunos sellos verdes en los países nórdicos y los que integran la Comunidad Europea.

Como lo ha demostrado el sello nórdico "Cisne Blanco", la importancia atribuida por los consumidores al sistema es esencial para su éxito. Lanzado en 1989, este sello incluye más de mil productos en 40 categorías. Entre 1992 y 1995, el reconocimiento del sello por parte de los consumidores pasó del 10 al 90 por ciento, con el efecto de estimular la producción de artículos de bajo impacto ambiental.

Los países del Tercer Mundo temen verse afectados por medidas proteccionistas por parte del mundo industrializado, por ejemplo, la norma europea para el papel aprobada a fines de 1996. Como una posib le solución, en la Organización Mundial de Comercio se recomienda que se establezca el reconocimiento mutuo de sistemas de ecoetiquetado y que los países interesados cuenten con representación en los comités que otorgan los sellos.

El desafío, tanto para organizaciones de consumidores como para fabricantes, consiste en establecer el impacto de los productos desde su diseño hasta su destino final en el basurero o la planta de reciclaje. También lo es encontrar fórmulas simples para proporcionar esa información a los consumidores. Sólo entonces la variable ambiental será considerada al momento de la compra.

Antes habrá que convencer a los consumidores de que el contenido de las etiquetas es confiable. Y eso exige el control de la proliferación de ecoetiquetas, que por ahora son más herramientas de marketing que guías sobre el daño que un producto causa al medio ambiente.

Por María Elena Hurtado
La autora es chilena, directora de Políticas y Campañas Globales de Consumers International.